Sorprendidos quedaron propios y extraños cuando decidí libremente oponerme en el Pleno de Marbella a la aprobación de lo que, entendía, era un engaño para los vecinos de San Pedro Alcántara y los intereses de su futuro Ayuntamiento independiente. La puesta en marcha del PGOU tendrá consecuencias nefastas para mi pueblo, relegándolo, más si cabe, a un simple barrio obrero o pueblo dormitorio de Marbella, eliminando la posibilidad de crecimiento turístico y pretendiendo llenar sus calles y urbanizaciones del tráfico pesado, cuando estratégicamente ocupamos un lugar privilegiado en la Costa del Sol. Tenemos algo que nadie será capaz jamás de conseguir: estar en la encrucijada perfecta entre Cádiz, Málaga y Sevilla; junto a sus distintas poblaciones: Ronda, Algeciras, Sotogrande, Fuengirola, Benalmádena, etc.; y con Granada también a tiro de piedra. Quizás ese potencial económico y turístico es lo que muchos teman de San Pedro Alcántara y Nueva Andalucía para oponerse a su segregación.
Un año después de aquella decisión, debo decir que no me arrepiento en absoluto de tomar partido, como en mi caso no podía dudarse, por los ciudadanos y ciudadanas de mi pueblo. En aquel entonces advertí que el Plan General se estaba redactando de espaldas a la ciudadanía, la cual no obtuvo respuesta a los miles de alegaciones presentadas, contrarias todas ellas a un planeamiento que bendecía el desastre del gilismo y premiaba a los malayos de hoy.








Al contrario de lo que podría desprenderse del enunciado de este artículo, nunca más lejos podría estar la intención de regocijarse en el fracaso del Ayuntamiento de Marbella en su intento por protagonizar un año que debía promocionar la cultura, la historia, las costumbres y el afán independentista de la mayoría de este pueblo de la Costa del Sol.